Me levanté de mi escritorio y me encontré cara a cara con un pavo real dorado — un regalo de un sacerdote misionero de la India que una vez había visitado nuestra oficina. Ahora era mi turno de visitar las misiones por primera vez, y sabía que regresaría a esa silla con un mayor sentido de responsabilidad.
¿Por qué me elegiste a mí, Dios?, me pregunté.
Estaba a punto de volar sola a Malawi — a un continente que nunca había visitado. Había leído en libros que era polvoriento y que la gente llevaba su propia agua. Pero necesitaba verlo con mis propios ojos.
Después de veintiuna horas de vuelo, aterricé en Lilongwe, la capital de Malawi. El aeropuerto era diminuto y no había edificios altos a la vista. Al salir, nuestro auto se detuvo en el primer semáforo. A lo largo del camino había pequeños mercados — cajones con gallinas boca abajo, pilas de sandalias y ojotas, montones de sandías y surtidos coloridos de verduras. La gente llenaba las veredas, cada una moviéndose con propósito silencioso.
Tap, tap.
Me di vuelta y vi a un niño en mi ventana, frunciendo los labios y tocándose los dedos en la boca. Ingenuamente suponiendo que todos en las misiones eran católicos, pensé que me estaba pidiendo que rezara por él. Asentí, pero siguió gesticulando. Entonces escuché el clic del seguro: el Padre Peter, nuestro conductor, había trabado las puertas. El niño no pedía oración — estaba pidiendo dinero.
Esperé no haberle mentido. Recé rápidamente, y seguimos camino.
Mi primera visita fue a la Escuela Primaria de Dedza, financiada por la Obra de la Infancia Misionera. Entré al aula y de inmediato noté las paredes desnudas, el techo de chapa y la ausencia de pupitres. Y aun así, los niños corrieron a saludarme, con sonrisas inmensas, ansiosos por contarme sus calificaciones y materias favoritas.
Me llevaron a la iglesia vecina, aún en construcción. Extendí la mano y pasé los dedos por los bordes ásperos de algunos ladrillos. Me imaginé de vuelta en mi oficina, leyendo los nombres de escuelas y feligreses que hacían donaciones. Estoy tocando lo que sus oraciones y sacrificios están construyendo, pensé. Donación a donación. Ladrillo a ladrillo. Alma a alma.
Tras una semana visitando escuelas, hospitales y seminarios, llegó el momento del primer Congreso de la Infancia Misionera en Malawi. Niños de las ocho diócesis del país se reunieron para celebrar la fe que los misioneros les habían llevado — y para abrazar su deber de continuar esa misión desde sus aldeas.
Llegué con mi vestido de la Infancia Misionera hecho con tela chitenge local, igual que el de los demás niños y niñas. ¡Ni siquiera se notaba que yo era una extranjera!
En la Misa, las niñas malauíes bailaban por el pasillo — sus manos extendidas hacia Cristo, sus pies marcando el ritmo junto a las voces melódicas del coro infantil. Cada día, sacerdotes y niños se reunían para hablar de la doctrina social de la Iglesia, la trata y el trabajo infantil, la salud mental, el cuidado del ambiente y cómo ser un misionero de la esperanza. Rezaban el Rosario Misionero Mundial y se reunieron con la Hermana Inês Paulo, Secretaria General de la Infancia Misionera en Roma.
Resulta que a los niños de las misiones les encantan las selfies. Mientras una multitud intentaba aparecer en mi cámara, noté un par de ojos que me observaban. Una niña llamada Martyu me preguntó si podía tocar mi cabello. Lo tenía trenzado y recogido con un clip.
“¿Cómo es tan suave?”, me preguntó.
Pronto se unió un grupo de amigas. Preguntaban cómo eran las casas y los autos en Estados Unidos. Tomaron turnos para posar con mis gafas de sol.
“¿Estás casada?”
“¿Cómo es viajar en avión?”
“Tenemos miedo de que nos muerdan las ratas por la noche.”
Poco a poco me di cuenta de lo diferente que era su vida de la mía. Muchas se casan jóvenes. Algunas nunca saldrán de Malawi — y aun así ya saben algo sobre el mundo exterior.
Cuando el grupo se dispersó, Martyu tomó mi brazo y me llevó a un borde de la vereda para seguir hablando. Pero, poco después, un sacerdote de Zimbabue se acercó para pedirme una reunión. No quería dejarla sola, pero no podía ignorar a un sacerdote. Al mirar hacia atrás, Martyu bajó la mirada y se perdió entre los niños. No la volví a ver.
Ese día sentí que atrapaba una roca enorme. Dios, ¿por qué me diste un corazón tan sensible?
Ahora lo sé — es porque me vi a mí misma en ellos. Todos tenemos una infancia. Todos hacemos preguntas, buscamos atención y decimos cosas espontáneas. Como testigo, mi tarea es tomar esa roca y trazar un camino hacia Cristo compartiendo las historias de estos niños.
Eso es lo maravilloso de la infancia — a todos nos encanta una buena historia, ¿no?
* La autora es Coordinadora de Educación Misionera de las Obras Misionales Pontificias para la Arquidiócesis de Boston.
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