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Historias

Infancia Misionera: un oasis en el desierto

24 jun, 05:00 a. m.
Cada año, niños de todo el mundo se convierten en misioneros ayudando a otros niños a través de la Obra de la Infancia Misionera. Desde las Cajitas Misioneras en Estados Unidos hasta un centro para niños con discapacidad en el desierto del Sahara, descubra cómo pequeños gestos de fe y generosidad transforman vidas y hacen visible el amor de Cristo en los lugares donde más se necesita.

Por Inés San Martín

En muchas partes del mundo, ser niño es una tarea frágil. Nacer en territorio de misión significa a menudo crecer sin acceso garantizado a la educación, a la atención sanitaria básica o a un entorno que proteja sistemáticamente la vida y la dignidad. Solo en África, se calcula que uno de cada tres niños sufre malnutrición. A nivel mundial, más de 1.400 millones de niños viven en hogares que sobreviven con menos de 8,30 dólares al día, y más de 250 millones de niños no asisten —y nunca asistirán— a la escuela.

Ante esta realidad, la Iglesia sostiene desde hace casi dos siglos una iniciativa silenciosa, constante y profundamente evangélica: la Infancia Misionera (MCA), una de las cuatro Obras Misionales Pontificias. Encomendada directamente al Santo Padre, su misión es clara: apoyar la labor que los misioneros realizan con los niños en estos territorios. Cada año, el propio papa pide a toda la Iglesia que apoye este esfuerzo, un recordatorio para todos los católicos de que los niños son "los primeros misioneros" cuando aprenden a compartir la fe y la vida con otros niños.

Gracias a esta solidaridad global, el año pasado se sostuvieron más de 2.600 proyectos de apoyo a la educación, la sanidad, la evangelización y la protección de la vida, que beneficiaron a más de cuatro millones de niños en todo el mundo. Estas cifras no son solo esfuerzos de primera evangelización, sino que también representan escuelas que permanecen abiertas, clínicas que siguen funcionando, comidas que no se interrumpen y comunidades que saben que no han sido olvidadas.

Lo que hace que la Infancia Misionera sea única entre las iniciativas de la Iglesia es que no está dirigida a los adultos. Su corazón son los propios niños. El lema es claro: "los niños ayudan a los niños". Ellos no son meros receptores de ayuda; son protagonistas. Desde una edad temprana, se invita a los niños a mirar más allá de su entorno inmediato, a descubrir que otros niños necesitan su apoyo y a comprender que ellos también pueden ser misioneros.

A lo largo del año, las diócesis organizan misas, encuentros, campamentos, actividades catequéticas, concursos de dibujo, iniciativas escolares y eventos parroquiales, todo ello adaptado al lenguaje y al mundo de los niños. A través de estas sencillas experiencias, los niños aprenden algo esencial: la fe nunca se vive de forma privada; siempre se convierte en servicio.

Esa misión global encuentra una de sus expresiones más sorprendentes en un lugar que pocos esperarían: la ciudad de Dajla, en el extremo sur del desierto del Sáhara.

Allí, rodeado de arena y silencio, se alza el único centro de toda la región dedicado al cuidado de niños con discapacidades mentales y físicas. El Centro para Niños con Discapacidad de Dajla fue fundado en el año 2000 por Mohamed Fadel, un hombre musulmán de origen saharaui que conoce el sufrimiento de primera mano. Diagnosticado de polio cuando era niño, fue tratado y educado en España, donde pasó años en un centro dirigido por los hermanos de San Juan de Dios. Cuando regresó a su hogar en el Sáhara, se encontró con una realidad dolorosa: los niños con discapacidad estaban escondidos, recluidos en sus casas, a menudo vistos como una carga o incluso una maldición, sin acceso a terapia ni cuidados.

Él decidió actuar.

Lo que comenzó como una iniciativa frágil se ha convertido en un verdadero oasis de esperanza. El centro ofrece terapia semanal a 80 niños —niños y niñas que, de otro modo, no recibirían atención alguna—. Es un lugar donde las familias encuentran apoyo, donde los niños son vistos, nombrados y tratados con dignidad.

Desde sus inicios, el centro ha contado con el apoyo de la Iglesia Católica a través de la Infancia Misionera. Ese apoyo ha permitido formar al personal, incluidos un logopeda y un fisioterapeuta, así como adquirir medicamentos y ayudas para la movilidad. También ha garantizado algo menos tangible pero igual de vital: la perseverancia.

"La ayuda que recibimos de Infancia Misionera no es solo cuestión de dinero", explica el misionero oblato Padre Mario León Dorado, uno de los tres sacerdotes que sirven en la Prefectura Apostólica del Sáhara Occidental. "Es saber que la Iglesia se preocupa por los más pequeños, los más pobres y los más abandonados".

El Padre Mario no ejerce su ministerio en una comunidad cristiana próspera. De hecho, no hay familias cristianas en el territorio. La prefectura, que abarca una superficie similar a la del estado de Nueva York, solo tiene dos parroquias: una en El Aaiún, que atiende a unos veinte cristianos vinculados a una misión de las Naciones Unidas, y otra en Dajla, a la que asisten sobre todo migrantes subsaharianos de paso. No hay clases de catequesis, ni bautismos, ni niños cristianos.

Y, sin embargo, la Iglesia permanece.

"La misión aquí es simplemente presencia", dice el Padre Mario. "Quedarse. Acompañar. Ayudar".

Esa presencia se hace visible en lugares como el centro para discapacitados, donde el apoyo de la Infancia Misionera permite a la Iglesia servir a los niños —los más pobres entre los pobres— sin condiciones y sin expectativas. El director del centro explica con frecuencia a las familias visitantes y a los funcionarios públicos que la ayuda que reciben procede de la Iglesia Católica de todo el mundo, a través de otros niños que rezan, dan y se acuerdan de ellos.

Para las familias que luchan a diario por cuidar a niños con discapacidad, ese conocimiento es importante. "Qué gran noticia es para estos niños y sus familias saber que Dios no los olvida", dice el Padre Mario. "Saber que los niños de otros países piensan en ellos, rezan por ellos y los ayudan".

A lo largo de los años, la financiación de la Infancia Misionera ha ayudado a formar terapeutas, a comprar medicinas que no se encuentran en la zona, a proporcionar material escolar a niños en riesgo de abandono y a ofrecer ayuda directa a familias sin otros medios de subsistencia. Incluso las cosas pequeñas —una báscula pediátrica, suplementos nutricionales, espesantes de alimentos especializados— han marcado una diferencia enorme.

No son regalos ostentosos ni dramáticos. Son sencillos. Pero cambian vidas.

Cada año, la Infancia Misionera recauda y distribuye fondos a nivel mundial —más de 14 millones de dólares solo en 2025— poniéndolos a disposición del Santo Padre, quien se asegura de que se compartan equitativamente entre las 1.131 diócesis de misión de la Iglesia. Todo ello tiene su raíz en la sencilla generosidad de los niños que ayudan a los niños. Aquí, en los Estados Unidos, este esfuerzo se materializa a través de las Huchas Misioneras (Mite Boxes), una larga tradición al alcance de familias, parroquias y escuelas como forma de fomentar el amor a las misiones en los más pequeños. Estas pequeñas cajas sirven como recordatorio para rezar y sacrificarse por los que son materialmente más pobres, pero primordialmente, por los que aún no han encontrado a Cristo.

En un mundo que a menudo mide el valor por la eficiencia o la productividad, las Huchas Misioneras proponen una lógica diferente: una configurada por el Evangelio. Monedas ahorradas con entusiasmo. Oraciones ofrecidas con sencillez. Dibujos enviados como signo de cercanía. Pequeños gestos que, juntos, se convierten en un testimonio poderoso.

En el desierto de Dajla, ese testimonio ha tomado forma concreta. Un centro sigue en pie. Se cuida a los niños. Las familias resisten. La esperanza permanece.

Y Cristo está presente —incluso donde su nombre rara vez se pronuncia— hecho visible a través del amor puro dado gratuitamente.

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