El evangelio de este domingo nos presenta el final del discurso misionero de Jesús que hemos escuchado en las últimas dos semanas. Se trata de la conclusión y, por eso, del culmen de todo lo que Jesús ha querido transmitir a sus primeros discípulos-apóstoles cuando los envió a la misión. Por tanto, este mensaje evangélico conclusivo será fundamental también para sus discípulos-misioneros de todo tiempo, llamados a seguir al Maestro divino en la misión de llevar el Evangelio de Dios a todo el mundo.
Es muy significativo que al final de las instrucciones misioneras, Jesús haya puesto con claridad las condiciones exigentes para ser discípulos “dignos” de Él, sus verdaderos discípulos. Quien lo sigue (o quiere seguir) en la misión por Dios está llamado a amarle más que a todos los otros, incluidos los progenitores y los hijos, así como más que a cualquier cosa, aún la propia vida. Particularmente, la primera parte de la declaración, que insiste en el amor para Jesús más que por el padre y la madre, puede escandalizar a muchos, especialmente a aquellos de cultura judía o asiática, con la acentuación particular en relación a la piedad filial. Además, hay que subrayar que el texto paralelo de este pasaje en el evangelio de Lucas tiene una forma más fuerte, más clamorosa: «Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre..., no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26). Se trata de un dicho ciertamente original de Jesús, porque es tan escandaloso al hablar del “odiar (padre y madre)” que la versión paralela de Mt 10,37 ha querido usar una formulación menos desconcertante «El que quiere (a su padre o a su madre) más que a mí, no es digno de mí». Aquí, como en otros casos, por ejemplo, en la recomendación de seguir a Jesús sin perder el tiempo para sepultar al padre (cf. Mt 8,21-22), emerge la imagen de un Jesús que, además de ser semejante a un sabio en la formulación de los dichos, se presenta como un maestro consciente de su propia identidad y misión y, en consecuencia, pone a quien quiere seguirlo condiciones exigentes e intransigentes poco conocidas en la tradición bíblico-judía e en la tradición rabínica.
Para comprender correctamente la intención de Jesús, hay que hacer dos consideraciones. En primer lugar, como bien ha explicado un exégeta, la actitud recomendada por Jesús de “odiar” o “amar menos” a los progenitores «no pone un problema de sentimientos o estados de ánimo, sino de elección práctica y existencial, donde la fidelidad al Cristo y al evangelio entra en conflicto con las relaciones familiares. El estatus de los discípulos, libres también en relación a los vínculos familiares, es comparable a aquel de los “levitas” en el Antiguo Testamento (cf. Dt 33,8-11)» (R. Fabris, Matteo, Roma 1996, 256 nota 3). Efectivamente, y este es el segundo punto a considerar, los levitas “consagrados” al servicio de Dios son llamados a colocar a Dios sobre todos y sobre todo. Aún más, generalmente Dios pide a los miembros de su pueblo de Israel un amor exclusivo, absoluto, «con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas», como única respuesta digna de su amor salvífico preventivo (cf. Dt 6,4-5). Ahora Jesús exige algo similar a sus seguidores, a su pueblo, al verdadero Israel. Así, de un lado, Jesús se muestra como Dios, in persona Dei, que habla con amor y que reclama el amor; por otro lado, se podría considerar la insistencia sobre el amor absoluto por Jesús que tienen que tener los discípulos, que refleja la realidad de un hombre y una mujer nuevos, llamados a abandonar a los progenitores para crear en el amor la propia y nueva familia, como está escrito: «Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gen 2,24). Jesús mismo ha cumplido este alejamiento del ligamen familiar por el amor a Dios Padre para dedicarse exclusivamente a la misión divina (cf. Lc 2,48-49), sin recusar el camino arduo de la cruz. Este amor, celo y dedicación, es solicitado ahora a sus discípulos-misioneros, a partir de la separación radical de todos y de todo, para continuar, en el amor, el mismo camino de la misión de Cristo por Dios. ¿No deberíamos sentirnos llamados en causa por estas palabras tan fuertes de Jesús, nuestro Maestro y Señor?
Después de la breve recomendación del amor absoluto por parte de los discípulos, Jesús quiere acentuar la grandeza de la vocación de ellos en medio de la gente a la cual son enviados: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado». No se trata de una simple afirmación sobre la verdad de la acogida. La frase, en realidad, retoma el principio de la institución judía-rabínica de la shaliah “enviado”, segundo el cual «quien es enviado es como aquel que lo envía». El mencionado dicho de Jesús refleja la cadena de la misión de Dios-Cristo-discípulos, lo que el Jesús resucitado declarará a los suyos en la primera aparición “oficial” en el cenáculo según en evangelio de Juan: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). Así, por analogía de cuanto Jesús ha afirmado “Quien me ve, ve al Padre”, se podría continuar, teniendo en cuenta las limitaciones del caso, mostrar lo que significa el ser de los discípulos: ¡Quien los ve a ustedes, me ve a mí! Esta es la excelsa vocación de los discípulos-misioneros y su altísimo honor de presentar a Cristo y a Dios en su misión. Por eso, debemos transformarnos cada vez más en aquello que somos: el Cristo viviente, testigo de Dios. A este propósito, vale la pena de releer las autorizadas palabras del Papa Francisco para renovar nuestro celo de discípulos-misioneros de Cristo:
Como Cristo es el primer enviado, es decir misionero del Padre (cf. Jn 20,21) y, en cuanto tal, su “testigo fiel” (cf. Ap 1,5), del mismo modo cada cristiano está llamado a ser misionero y testigo de Cristo. (…)
Es Cristo, Cristo resucitado, a quien debemos testimoniar y cuya vida debemos compartir. Los misioneros de Cristo no son enviados a comunicarse a sí mismos, a mostrar sus cualidades o capacidades persuasivas o sus dotes de gestión, sino que tienen el altísimo honor de ofrecer a Cristo en palabras y acciones, anunciando a todos la Buena Noticia de su salvación con alegría y franqueza, como los primeros apóstoles». (Mensaje del Santo Padre Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones 2022 «Para que sean mis testigos» [At 1,8])
(…) Cristo resucitado es Aquel que parte el pan y al mismo tiempo es el Pan partido para nosotros. Y, por eso, cada discípulo misionero está llamado a ser, como Jesús y en Él, gracias a la acción del Espíritu Santo, aquel que parte el pan y aquel que es pan partido para el mundo. (Mensaje del Santo Padre Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones 2023 “Corazones fervientes, pies en camino” [cf. Lc 24,13-35])
Es muy interesante leer que, después de la declaración fundamental del principio de la representación en la misión, Jesús concluye todo el discurso con la promesa de la recompensa cierta para quien practica a la acogida a los discípulos necesitados que, como es sobreentendido en el contexto, son enviados por Cristo para la misión en el mundo: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Por lo que parece, no se trata de una recomendación genérica de hospitalidad, sino que se puede entrever una exhortación al mantenimiento material de los misioneros de Cristo. Sorprende, de hecho, la imagen concreta de “un caso de agua fresca”, signo de una pequeña ayuda, pero significativa, porque es altamente deseada para quien tiene que caminar frecuentemente bajo el sol quemante de aquella Tierra de Palestina. De esta manera, se ve en estas promesas de Cristo el cuidado y la premura que Él tiene para sus discípulos-misioneros. Él no olvida ni la más pequeña ayuda prestada a sus enviados en la misión, porque son sus “representantes” y, por eso, lo que alguien ofrece a ellos, en realidad es como si lo diese a Él. Por otra parte, ¡emerge la realidad de una posible “colaboración” con los discípulos de parte de todos los hombres, llamados a contribuir, aunque a veces inconscientemente, a la misión divina!
El pensamiento evangélico analizado, nos lleva espontáneamente al tema de la así llamada “cooperación misionera”, que será aún más deseada entre todos los fieles de Cristo para la misión común, sobre todo hoy. Sobre este particular, el Papa Francisco ha querido insistir en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2023 con el tema “Corazones fervientes, pies en camino”:
La imagen de los “pies que se ponen en camino” nos recuerda una vez más la validez perenne de la misión ad gentes, la misión que el Señor resucitado dio a la Iglesia de evangelizar a cada persona y a cada pueblo hasta los confines de la tierra. (…) Todos pueden contribuir a este movimiento misionero con la oración y la acción, con la ofrenda de dinero y de sacrificios, y con el propio testimonio. (…) La urgencia de la acción misionera de la Iglesia supone naturalmente una cooperación misionera cada vez más estrecha de todos sus miembros a todos los niveles. (Corsivo nostro).
Oremos ahora (con las palabras de la oración colecta alternativa del Misal Italiano para el Domingo XIII, Año A):
Infunde en nosotros, ¡oh Padre!, la sabiduría y la fuerza de tu Espíritu, para que caminemos con Cristo sobre la vía de la cruz, listos para donar nuestra vida en la manifestación al mundo de la esperanza de tu reino. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.
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