Continuando la escucha de la enseñanza de Jesús en parábolas, que comenzamos la semana pasada, meditamos hoy sobre la parábola de la semilla y la cizaña. Se trata de un relato parabólico particular, que tiene en el mismo evangelio una explicación sobre el significado alegórico de cada detalle. Todo mira a introducir al discípulo en los tres misterios fundamentales del Reino de Dios, que se está realizando en Cristo Jesús: el misterio de la iniquidad, el la paciencia divina y el del crecimiento del Reino al final. Para comprender verdaderamente todo esto se necesitan aun hoy los oídos para escuchar, no solo atentamente, sino también sabiamente, teniendo la disposición de los “pequeños” delante de Dios para sorprendernos nuevamente con su mensaje para nuestra vida concreta en el presente como discípulos-misioneros de Cristo.
Hay que admirarse de la imagen del enemigo-sembrador de la cizaña en la parábola de Jesús. Esta narración es bella en la simplicidad de los detalles (una sola frase de descripción) y profunda en los significados teológicos y espirituales: «mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó». A diferencia del sembrador de la buena semilla, su enemigo actúa «mientras los hombres dormían», es decir, de noche, en las tinieblas. Además, este antagonista es aquel que, por usar una expresión proverbial vietnamita, ném đá giấu tor tay “tira la piedra y esconde la mano”. En efecto, «sembró cizaña en medio del trigo y se marchó ». Por tanto, los trabajadores del campo ignoran todo, pero el patrón de casa sabe y desenmascara todo con la autoridad de uno que juzga con conocimiento de causa: «Un enemigo lo ha hecho».
Todo esto deja entrever la realidad del mal que se opone a la acción del “Hijo del hombre”, Jesucristo, que siembra la buena semilla del evangelio en el campo del mundo. Esta realidad maligna es, la mayoría de las veces, misteriosa, incomprensible desde el punto de vista humano: ¿cómo es que sucedió esto y lo otro? ¿Por qué tanto mal gratuito que escuchamos cada vez más en las noticias de cada día? Hay tragedias que no se explican solo con las debilidades o las inclinaciones pecaminosas del hombre. Justamente es el “misterio de la iniquidad”, la realidad del Maligno que se opone, más bien que hace la guerra sistemáticamente, a la obra de Dios en Cristo por la humanidad. Por eso, San Pablo ha exhortado a los fieles con palabras inspiradas por el Espíritu Santo: «Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire» (Ef 6,11-12).
Delante de la situación “en su campo”, nos sorprende la recomendación que hace el “patrón de la casa”: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega». Es el misterio de la paciencia de Dios que parece incomprensible y suscita tanta perplejidad para las mismas “buenas semillas”, los “hijos del Reino”, los cuales sufren, queriéndolo o no, con la cizaña que está alrededor de ellos. Aunque si bien las buenas semillas permanecen silenciosas en el relato, podemos sentir su grito en el de los primeros mártires cristianos en la visión inspirada del autor sacro en el libro del Apocalipsis: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia […]?» (Ap 6,10). Este grito hace eco al del justo de todo tiempo y de todo lugar delante del misterio del “silencio” de Dios: «Señor, ¿cuándo vas a mirarlo? | Defiende mi vida de los que rugen; | mi único bien, de los leones» (Sal 35,17). La respuesta explícita de Dios en el libro del Apocalipsis, que recuerda el pensamiento de la parábola analizada, tiene que hacernos reflexionar: «A cada uno de ellos se le dio una túnica blanca, y se les dijo que tuvieran paciencia todavía un poco, hasta que se completase el número de sus compañeros y hermanos que iban a ser martirizados igual que ellos» (Ap 6,11), es decir, hasta el fin de la historia que vendrá dentro de poco, «se les dijo que tuvieran paciencia», así como la tienen Dios y Cristo Jesús.
No se trata de una paciencia pasiva, sino de una activa, como la de un agricultor ágil y sabio. Literalmente y metafóricamente, Dios continua a trabajar la tierra, como lo expresa el salmista: «Riegas los surcos, | igualas los terrones, | tu llovizna los deja mullidos…» (Sal 65,11). Todo sirve para cuidar a las buenas semillas y para realizar una milagrosa transformación, propia solo de Dios: ¡la de la cizaña en buena planta! Este es el misterio de la paciencia de Dios que «tanto amó al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Él se revela por su naturaleza paciente y porque es misericordioso con toda la humanidad. Él no tiene urgencia de destruir, sino que tiene “cuidado de todas las cosas” y busca hacer vivir y revivir: «Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia» (Sab 12, 18; primera lectura).
Y los siervos de Dios, los colaboradores del campo, son todos invitados a aprender y a seguir esta paciencia divina en la vida de fe y en la misión de la evangelización divina en el mundo, a las cuales todos estamos llamados. Exhorta, por eso, Santiago: «Por tanto, hermanos, esperad con paciencia hasta la venida del Señor. Mirad: el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía. Esperad con paciencia también vosotros, y fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca» (Stg 5,7-8).
La razón de esta paciencia es que Dios ve más el crecimiento silencioso de las buenas semillas que la multiplicación arrogante de la cizaña: es la mirada del Patrón, de aquel que tiene toda la historia en sus manos. El mismo crecimiento del Reino, a pesar de todas las oposiciones que lo quieren sofocar, representa el más grande misterio de la historia de la humanidad. No es casualidad que Cristo haya afirmado con autoridad: «el poder del infierno no la derrotará» (Mt 16,18), hablando xde la Iglesia, que es el inicio y el germen del Reino de Dios. Será, por tanto, cierto al final de los tiempos el triunfo del amor fiel de Dios, que realiza con Cristo y con sus discípulos-colaboradores su Reino en el campo del mundo.
Repetimos, en conclusión, la oración inspirada del Cardenal Ratzinger durante la meditación sobre la novena estación (“Jesús cae por tercera vez”) en el Vía Crucis del Coliseo en el 2005, donde se evoca la imagen potente de la cizaña en el campo, para un sincero examen de consciencia de toda la Iglesia, pero con la mirada llena de fe y confianza en Cristo, el Sembrador divino, que cuida siempre de sus “buenas semillas” en este mundo:
Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace agua por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los ensuciamos nosotros mismos. Nosotros somos quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, te arrastramos a tierra, y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos. Amen.
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