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Historias

El don del Reino que se acoge y se anuncia

26 jul, 03:00 a. m.
Esta reflexión profundiza en las últimas parábolas de Jesús en la sección parabólica de Mateo: el tesoro escondido, la perla de gran valor y la red. Juntas, revelan el Reino de los Cielos como un don inesperado e invaluable, que llama a los discípulos a acogerlo con sabiduría y valentía, y a anunciarlo con el mismo celo misionero de Cristo.

 

Por P. Anh Nhue

Hemos llegado hoy a la última parte de la, así llamada, “sección de las parábolas” del evangelio según Mateo. Jesús termina su enseñanza en parábolas (siete) con tres relatos, el del tesoro escondido, el de la perla preciosa y el de la red, que introducen a los oyentes en los misterios del Reino de los Cielos. De estos relatos y del diálogo final entre Jesús y sus discípulos emergen al menos tres mensajes importantes para nuestra vida actual en relación al Reino de Dios que Jesús ha anunciado incansablemente, en palabras y obras, durante su ministerio público.

1. El don inesperado del Reino de los Cielos 

Las primeras dos parábolas, la del tesoro escondido y la de la perla preciosa, son llamadas por los estudiosos como parábolas gemelas, a causa de su semejanza en la estructura y en el mensaje. Ponen de relieve el valor inestimable del Reino que supera en gran medida todos los bienes que el hombre puede poseer. Además, siguiendo la dinámica de los relatos, se puede entrever un elemento inesperado, gracias al cual el hombre ha encontrado el tesoro y la perla, aunque él podía haber estado en su búsqueda.

Así, el Reino de Dios, llamado por el evangelista Mateo “Reino de los Cielos”, para evitar mencionar a Dios según la costumbre hebrea, es siempre un don inesperado; sea por su valor superior a toda previsión o visión humana, sea por la impredecibilidad de su venida, según un plan exclusivamente divino, con y en la persona de Jesús, con y en su vida y misión. En efecto, en Jesús se encierra todo tesoro de sabiduría e inteligencia, de gracia y gloria divinas. Él es el tesoro “escondido” en Dios y ahora revelado a toda la humanidad.

2. Un corazón sabio y valiente para acoger el Reino 

Frente al valor del Reino, el hombre es enviado a cumplir un sacrum commercium, un “comercio sacro” para adquirirlo. ¡Se necesita la sabiduría al mismo tiempo que el coraje para arriesgarse en una inversión fundamental para la vida! El hombre tiene que tener un corazón sabio y valiente para acoger el Reino. Esta disposición, una vez más, será recibida por don del Señor, como sucede a Salomón en el Templo de Dios en Gabaón (Cf. 1Re 3,5.7-12, que hemos escuchado en la primera lectura).

En conformidad con la tradición sapiencial bíblico-judía, ¡esta sabiduría solicitada implica una clara conciencia, determinación e, incluso, astucia! Es el caso del tesoro escondido en el campo que encuentra un hombre, el cual lo enconde de nuevo allí, se va y compra después del campo para hacerse dueño del tesoro. Este es el caso de la perla de gran valor que el mercader encuentra seguramente solo después de una larga búsqueda paciente. El acento, con todo, en las dos parábolas recae sobre la determinación «va a vender todo lo que tiene y compra» el objeto encontrado. ¡Se trata del empeño del hombre, que es fundamental y necesario para acoger el Reino donado! Por demás, como podemos ver en la parábola de la “red”, será pedido el empeño para permanecer en la “red” del Reino como “peces buenos”, para no ser tirados «al horno de fuego» al final del mundo.

3. Anunciar el Reino como Jesús 

El diálogo final entre Jesús y sus discípulos, nos ofrece un elemento interesante para reflexionar sobre la figura del discípulo del Reino. Al tal propósito, es significativo el comentario de San Hilario (de Poitiers) reportado por Santo Tomás de Aquino en su célebre Catena Aurea: «Hablando a sus discípulos, los llama escribas por su conocimiento acerca de él, porque han comprendido las cosas que ha llevado a cabo, sean nuevas que antiguas; es decir, las de la Ley y las de los Evangelios; entre ambas pertenecientes al mismo jefe de familia y, entre ambas, tesoros del mismo propietario. Los asemeja a sí mismo, bajo la figura de un jefe de familia, porque han recibido la doctrina de las cosas nuevas y viejas de su tesoro en el Espíritu Santo».

En esta óptica, los discípulos que han comprendido “todas estas cosas” en parábolas, expuestas por Jesús como el conjunto de las novedades de la Buena Noticia, pero radicadas profundamente en las antiguas Sagradas Escrituras de Dios, son llamados a hacer lo mismo bajo el ejemplo de su Maestro para llevar adelante la misma misión de anunciar el Evangelio del Reino. Por eso, la última recomendación de Jesús a sus fieles, antes de la ascensión al cielo, será de ir y “hacer discípulos a todos los pueblos, bautizándolos y enseñándoles” a “guardar todo lo que” él les había enseñado (cf. Mt 28,20). En este empeño, el Cristo resucitado ha afirmado de estar con ellos «todos los días, hasta el final de los tiempos». Así, los discípulos de Cristo serán llamados a anunciar y enseñar el Reino de Dios con Cristo, como Cristo y en persona Christi (“en la persona de Cristo”), que está efectivamente siempre con ellos. Serán enviados particularmente a hablar y actuar con la sabiduría de Cristo, combinando cosas nuevas y cosas antiguas de Dios bajo la inspiración del Espíritu, para atraer a todos a la belleza del Reino. 


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