En este tiempo de vacaciones, la Palabra de Dios de este domingo nos hace volver a escuchar el relato de la multiplicación de los panes según san Mateo, para recordar a cada uno de nosotros aquel supremo don divino: el verdadero alimento que siempre nos acompaña y nos sostiene en el camino de la vida, también durante los días de nuestro descanso estival. Al meditar sobre el Evangelio de hoy, podemos detenernos en tres aspectos interesantes desde una perspectiva misionera, siguiendo el hilo lógico de algunos detalles característicos del relato evangélico.
El relato de la multiplicación de los panes se encuentra en los cuatro Evangelios (signo de una antigua tradición común) y representa una especie de «anticipación» de la institución de la Eucaristía por parte de Jesús durante la Última Cena, como sugieren los mismos evangelistas.
Todo el acontecimiento se sitúa en el contexto de la misión de predicación y de curación de Jesús. Como señala san Mateo al inicio del relato, Jesús había previsto un tiempo para retirarse «a un lugar apartado», dando a entender que sería junto a los apóstoles. Sin embargo, ante las multitudes que «lo siguieron», Él renunció a su propio descanso. Es más, «sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos». A este respecto, me vienen a la mente las palabras del profeta de Dios, lleno de celo por la salvación del pueblo: «Por amor a Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha» (Is 62,1). Son palabras que encuentran su plena realización en Jesús.
La misión, pues, de anunciar el Evangelio incluso en el momento “inoportuno”, por utilizar la expresión de San Pablo, continúa, a pesar del cansancio físico. La multiplicación de los panes se sitúa así en este contexto de la incansable misión de Jesús por el Reino de Dios. Y todo comienza con la hermosa acción de la acogida, signo de un amor sin límites, hasta el punto de olvidarse de uno mismo para servir a los demás. Tanto es así que el pasaje paralelo del Evangelio de Marcos explicita, como en san Mateo, que en aquel momento, «Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34).
Además, como señala el relato de Lucas, antes de alimentar al pueblo con pan, Jesús les había enseñado las cosas de Dios ¡hasta el caer del día! Así, en aquel día memorable, el pan que compartió con la multitud no era sólo el pan material de cebada o trigo, sino también y sobre todo el pan de la Palabra de Dios. Jesús reservó un cuidado “completo” al pueblo, entregándose plenamente en la misión.
Lo mismo ocurre con el “pan eucarístico” que Jesús ofrece con la institución de la Eucaristía, cuando llega su “hora”. Será el pan de su cuerpo y la sangre de su carne «por la vida del mundo» (Jn 6,51), pero al mismo tiempo será también el pan de su enseñanza, de Él que es la Palabra de Dios y que tiene «palabras de vida eterna», como vemos en el extenso discurso eucarístico de Jesús tras la multiplicación del pan en el Evangelio de Juan (cf. Jn 6,26-58.68). Este es el pan “completo” que Jesús ofrece con amor para la salvación del mundo.
Volviendo al relato evangélico de la multiplicación de los panes, observamos que la misión de Jesús es compartida con los apóstoles. Estos últimos, que ya cooperaban con Jesús en la proclamación del Reino y en el cuidado de los enfermos, también son llamados a cooperar en el milagro del pan al final del día. De hecho, cuando querían despedir a la multitud para “buscar comida”, «Él les contestó: “Dadles vosotros de comer”». Y, aún más importante, serán precisamente los discípulos quienes recibirán de Jesús los panes y los peces para distribuirlos a la multitud. Finalmente, en la mención de que «recogieron doce cestos llenos de sobras», se puede intuir que fueron estos mismos discípulos quienes los recogieron (como se explicita en el Evangelio de Juan [cf. Jn 6,12-13]).
Al igual que en la multiplicación del pan, Jesús desea involucrar a sus discípulos también en el Misterio Eucarístico con el mandato explícito que les da: «haced esto en memoria mía». De hecho, esta recomendación se repite dos veces en el relato de San Pablo, tanto después de las palabras sobre el pan como después de las del vino. Teniendo esto en cuenta, San Pablo concluye su conciso relato con una valiosa observación sobre la dimensión del anuncio de Cristo que va de la mano con la participación en la Eucaristía: «Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1Cor 11,26).
A continuación propongo una hermosa reflexión de Benedicto XVI precisamente, sobre la Eucaristía y la misión de la comunidad de los fieles:
En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento [de la Eucaristía]. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: « Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera ». También nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: « Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros » (1 Jn 1,3). Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos. Además, la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el centro de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm 8,32). En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana. (Sacramentum Caritatis 84).
Ante las palabras de San Pablo a los Corintios en la segunda lectura, conviene recordar la importante aclaración del Papa sobre la naturaleza del anuncio cristiano que parte de la participación en el Misterio Eucarístico:
Subrayar la relación intrínseca entre Eucaristía y misión nos ayuda a redescubrir también el contenido último de nuestro anuncio. Cuanto más vivo sea el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más clara tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es sólo una idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no comunica la verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante. La Eucaristía, como sacramento de nuestra salvación, nos lleva a considerar de modo ineludible la unicidad de Cristo y de la salvación realizada por Él a precio de su sangre. Por tanto, la exigencia de educar constantemente a todos al trabajo misionero, cuyo centro es el anuncio de Jesús, único Salvador, surge del Misterio eucarístico, creído y celebrado. Así se evitará que se reduzca a una interpretación meramente sociológica la decisiva obra de promoción humana que comporta siempre todo auténtico proceso de evangelización. (Sacramentum Caritatis 86).
Por último, también nos será útil otra reflexión del Pontífice en el mismo documento sobre el saludo de despedida al final de la celebración eucarística:
Después de la bendición, el diácono o el sacerdote despide al pueblo con las palabras: Ite, missa est. En este saludo podemos apreciar la relación entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad, « missa » significaba simplemente « terminada ». Sin embargo, en el uso cristiano ha adquirido un sentido cada vez más profundo. La expresión « missa » se transforma, en realidad, en « misión ». Este saludo expresa sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. (Sacramentum Caritatis 51)
Oremos, pues, en conclusión, para que, como expresa el Papa Benedicto XVI «por intercesión de la Santísima Virgen María, encienda en nosotros el mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y renueve en nuestra vida el asombro eucarístico por el resplandor y la belleza que brillan en el rito litúrgico, signo eficaz de la belleza infinita propia del misterio santo de Dios» (Sacramentum Caritatis 97). Oremos para que todos acojamos siempre con alegría y gratitud el don del Pan “completo” que Jesús nos ofrece en cada Celebración Eucarística, el Pan de su Palabra y de su Cuerpo y de su Sangre, para compartirlo con los demás en nuestra vida, proclamando la muerte y la resurrección del Señor, «hasta que vuelva».
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