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Historias

¿Qué papel desempeñan los obispos católicos en la labor misionera?

5 ago, 03:00 a. m.
Este artículo explora el papel esencial que desempeñan los obispos católicos en la misión, desde enseñar y predicar la dimensión universal de la Iglesia hasta apoyar a las diócesis de misión a través de las Obras Misionales Pontificias. Como sucesores de los apóstoles, los obispos actúan como puentes entre las Iglesias locales y la misión mundial de anunciar el Evangelio.

 

Cuando pensamos en la labor misionera de la Iglesia católica, quizá lo primero que nos venga a la mente sean los sacerdotes y religiosos que sirven en lugares lejanos. Sin embargo, detrás de la labor visible en la primera línea de la evangelización hay una figura menos evidente: el obispo.

Para los obispos católicos de Estados Unidos y sus hermanos obispos de todo el mundo, la misión no es una tarea que pueda delegarse en especialistas, sino una función indispensable que se encuentra en el corazón mismo del ministerio episcopal.

El papel central del obispo como puente hacia el Evangelio ayuda a comprender cómo una iglesia de misión situada en los confines de una diócesis remota puede permanecer unida al testimonio universal de toda la Iglesia católica. Especialmente ante el próximo centenario de la Jornada Mundial de las Misiones, merece la pena examinar más de cerca cómo los obispos católicos impulsan y sostienen hoy la labor misionera de la Iglesia.

Este énfasis no es nuevo. Precisamente en aquel año conmemorativo, 1926, el papa Pío XI dirigió su encíclica Rerum Ecclesiae a los obispos del mundo, recordándoles que las misiones no eran una preocupación secundaria reservada a especialistas, sino una responsabilidad que cada sucesor de los apóstoles compartía con el propio Papa. Un siglo después, esa misma convicción sigue determinando la manera en que los obispos ejercen su ministerio.

¿Cuál es el papel de los obispos en la Iglesia católica?

En esencia, la identidad del obispo hunde sus raíces en el mandato que Cristo confió a los apóstoles. Los obispos son ordenados para enseñar, santificar y pastorear un rebaño local concreto. Al mismo tiempo, su vocación va mucho más allá de los límites de su propia diócesis. En virtud de la sucesión apostólica, un obispo no es consagrado únicamente para servir a una diócesis concreta, sino para trabajar por la salvación del mundo entero.

La Iglesia describe a cada obispo como «principio y fundamento visible de unidad en su Iglesia particular» (Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 886). Parte de este ministerio de unidad consiste en garantizar que cada parroquia local y cada iglesia de misión permanezcan íntimamente unidas a la Iglesia universal y a su misión global. De este modo, el obispo es un puente vivo entre la comunidad a la que sirve y el Cuerpo de Cristo en todo el mundo.

¿Cómo apoyan los obispos la actividad misionera?

Una de las tareas del obispo es hacer tangible la misión universal en la vida cotidiana de su diócesis, para que los católicos de a pie vean a las iglesias lejanas no como extrañas, sino como parte de su propia familia en la fe. Esto se concreta de varias maneras:

  • Enseñar y predicar la misión: Ante todo, el obispo es maestro de la fe. Mediante las homilías, las cartas pastorales y su ejemplo personal, acerca el mundo entero a sus fieles y forma una diócesis que mira instintivamente hacia fuera, en lugar de encerrarse en sí misma.

  • Enviar y encomendar una misión: Cuando un sacerdote, un religioso o un laico católico siente la llamada a servir más allá de la diócesis, es el obispo quien lo bendice y lo envía. Este acto de envío vincula formalmente a la Iglesia local con las misiones en el extranjero.

  • Integrar la misión en la vida parroquial: Desde la Jornada Mundial de las Misiones hasta la catequesis en las escuelas, el obispo se asegura de que la solidaridad con los territorios de misión forme parte del ritmo ordinario de la vida parroquial y nunca sea tratada como algo secundario.

De todas estas maneras, el obispo católico hace tangible la misión y refuerza la solidaridad y la universalidad de la Iglesia en la diócesis a la que sirve.

¿Cómo colaboran los obispos con las Obras Misionales Pontificias?

Las Obras Misionales Pontificias (OMP) constituyen la red mundial oficial de la Iglesia para apoyar las misiones y dependen en gran medida de la colaboración con los obispos locales. El Concilio Vaticano II pidió expresamente a los obispos que promovieran las obras misionales pontificias entre sus fieles, concediéndoles «el primer lugar». Esta consideración refleja el papel singular de las Obras a la hora de formar a los católicos desde sus primeros años con una perspectiva verdaderamente universal y misionera, al tiempo que recaudan fondos para sostener las misiones según sus necesidades reales (Ad Gentes, n.º 38).

En la práctica, esta colaboración sigue un ritmo anual constante. Los obispos de los territorios de misión evalúan qué necesitan más sus iglesias locales —por ejemplo, formación en el seminario, fondos para construir una escuela o una clínica, o apoyo para los catequistas— y presentan esas necesidades a las Obras para su evaluación. El apoyo que recibe un obispo se basa en su conocimiento directo de su rebaño, y no en las suposiciones de un comité lejano, por bienintencionadas que sean. Así, la generosidad de los católicos de todo el mundo se orienta hacia necesidades reales, concretas y claramente identificadas sobre el terreno.

¿Por qué son esenciales los obispos para sostener las misiones?

Una iglesia de misión en desarrollo necesita un liderazgo local sólido para pasar de ser una semilla recién plantada a convertirse en una comunidad madura y autosuficiente. Los obispos son los artífices de esa estabilidad a largo plazo.

Al fomentar las vocaciones y formar a sacerdotes, diáconos y líderes laicos locales, los obispos garantizan que una iglesia joven adquiera gradualmente su propia estructura diocesana y su propio clero, en lugar de depender indefinidamente de la ayuda externa. También velan por que el Evangelio sea asimilado de manera auténtica y arraigue en la cultura local. Esto permite que las iglesias de misión crezcan de forma sostenible y reduzcan progresivamente su dependencia de la ayuda misionera. Con el tiempo, se convierten en centros de fe vivos y fecundos, capaces a su vez de apoyar las necesidades de otras iglesias misioneras.

Pío XI expresó esta misma idea con gran contundencia en Rerum Ecclesiae, al advertir a los obispos misioneros que descuidar «la importancia de la formación del clero indígena» paralizaría su apostolado e impediría que la Iglesia joven se sostuviera por sí misma (Rerum Ecclesiae, n.º 19). Un siglo después, el principio no ha cambiado: un territorio de misión solo alcanza la madurez cuando es pastoreado, instruido y servido por sus propios hijos e hijas.

Este modelo es tan antiguo como las propias misiones. Santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo misionero de Lima, que recorrió en gran parte a pie el abrupto territorio del Perú colonial, lo comprendió de manera intuitiva: uno de sus primeros actos como arzobispo fue fundar el primer seminario de América, para que su vasta y montañosa archidiócesis no dependiera para siempre del clero enviado desde España. Hoy es venerado como patrono de los obispos latinoamericanos: un patrono muy apropiado para un Papa que también sirvió en su día como obispo misionero en Perú.

¿Cómo guía el Papa los esfuerzos misioneros mundiales?

El Papa, como sucesor de Pedro, preside el colegio episcopal y constituye el punto supremo de unidad del mandato universal de la Iglesia. Guía los esfuerzos misioneros mundiales encomendando esta inmensa labor a los obispos y apoyándolos mediante las estructuras de la Santa Sede.

No es casualidad que el Santo Padre, obispo de Roma, reciba el título de pontífice, es decir, constructor de puentes. El Papa, encargado tanto del cuidado de la diócesis de Roma como del bienestar espiritual de toda la Iglesia universal, es un modelo misionero que todos los obispos están llamados a seguir.

Aquí es donde entran en juego las Obras Misionales Pontificias. Existen precisamente para llevar a cabo el mandato misionero del Papa, extendiendo su atención a más de 1.300 diócesis de misión que no podrían sostenerse por sí solas. A través de esta red, el Santo Padre garantiza que ningún obispo de una región pobre o perseguida tenga que cargar solo con la misión. En un año reciente, la oficina de las Obras en Estados Unidos destinó más de 33 millones de dólares al fondo mundial para las misiones, una ayuda que llega a comunidades con dificultades a través de sus propios obispos.

Los obispos y el corazón misionero de la Iglesia

El papel de los obispos católicos en la labor misionera revela algo esencial sobre la propia Iglesia: ella es, por su propia naturaleza, misionera. Desde la iglesia de misión local hasta la Sede de Pedro, todos los niveles de liderazgo de la Iglesia existen para llevar el Evangelio más lejos, acompañar a quienes lo necesitan y edificar comunidades de fe capaces de sostenerse por sí mismas.

Los católicos de todo el mundo participan en esta misión. Mediante la oración por los misioneros, el apoyo económico generoso a las diócesis de misión y una formación arraigada en la solidaridad, los fieles se convierten en colaboradores activos de sus obispos y del Santo Padre en la labor universal de la Iglesia.

Este 18 de octubre, la Iglesia celebra la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, precisamente el centenario que anticipó la encíclica de Pío XI hace un siglo. Al recordar sus propios años como obispo misionero en Perú, el papa León XIV afirmó que la fe, la oración y la generosidad expresadas ese día «pueden transformar comunidades enteras». Esta invitación se dirige a todos los católicos: a acompañar a su propio obispo y a los obispos de todo el mundo para responder a ella.

Apoyar a las Obras Misionales Pontificias es una forma concreta de unirnos a nuestros obispos en esta labor, acompañando a los pastores que llevan el Evangelio a los lugares que más lo necesitan.


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