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La solemnidad de la Asunción de María, prevista en el Calendario Romano el 15 de agosto, se celebra en muchos países el domingo siguiente a esta fecha para facilitar la participación de los fieles en esta misa de obligación. Por ello, junto al habitual comentario sobre el Evangelio dominical, agrego aquí tres breves reflexiones para profundizar más en el misterio de la Asunción de María a la luz del Evangelio para esta celebración y sobre todo en base a la enseñanza de la Iglesia.
Sobre esta discusión, crucial para una correcta visión teológica y espiritual del misterio de la Asunción de María, es necesario recordar la autorizada enseñanza de San Juan Pablo II que, por su importancia catequética, me tomo la libertad de relatar íntegramente, marcando los puntos en amarillo (cf. Audiencia general, miércoles 25 de junio de 1997 ; https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1997/documents/hf_jp-ii_aud_25061997.html )
Esa virtud fundamental llamada fe brilla en María de la Asunción en todos los momentos, altos y bajos, de su vida terrena y por tanto también en el momento de su muerte. Tanto es así que en el Evangelio previsto para esta solemnidad escuchamos resonar en labios de Isabel la alabanza a María con los dos primeros “títulos marianos” que el antiguo pueblo cristiano le reservaba. Ella es llamada por Isabel como “Madre de [mi] Señor” y “La que creyó [en la Palabra de Dios]”. La última expresión en el griego original es en realidad sólo una palabra, un participio adjetivo “pisteusasa”. También se convierte en una cualidad fundamental para describir la persona de María.
Nuestra “Reina asunta al cielo” es también y sobre todo la Creyente por excelencia, “La que creyó”, La que cree siempre en la Palabra de Dios, en cada momento de su vida, desde el gozoso de la Anunciación del ángel hasta el la dolorosa bajo la Cruz de su Hijo, como vislumbramos en los Evangelios. Para usar las palabras del apóstol San Pablo, también María caminó por la vida, mantuvo la fe, y ahora, en el momento de la muerte, está reservada para ella la corona de gloria que Dios proporciona a sus fieles, o mejor dicho, la corona especial para su más Fiel, la obra maestra de la misión de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ella se convierte así en Madre de todos los creyentes de Dios, discípulos de Cristo. Ella, a quien Cristo mismo confió a su discípulo amado bajo la Cruz, continúa su cuidado y solicitud maternal por todos los discípulos de Cristo en su vida y particularmente en su camino de fe y de misión. Ella sigue intercediendo por ellos y continúa siendo ejemplo, inspiración y ayuda concreta para que perseveren en la fidelidad al Señor y cumplan la misión divina que ahora les ha confiado Cristo en el mundo. Así, continúa acompañando hoy a toda la Iglesia, comunidad de los discípulos misioneros de Cristo, en su peregrinación hacia la patria eterna.
Finalizamos nuestra breve reflexión con una interesante nota histórica sobre la famosa Capilla Sixtina del Vaticano. Fue consagrada el 15 de agosto de 1483, en la primera misa de la Asunción de María, por el Papa Sixto IV, quien hizo renovar la antigua Capilla Magna dentro de su edificio papal. Luego fue dedicada a María Asunta al cielo y llamada “Capilla Sixtina” por el nombre del Papa Sixto IV (¡que también era franciscano!). Según informa el sitio web oficial del Vaticano, la Capilla Sixtina fue utilizada en 1513 para la elección de León X (1513-1521). Después, en 1623 para la elección de Urbano VIII (1623-1644), luego siguieron doce elecciones hasta 1775. Desde 1878 hasta hoy, es la sede del cónclave para la elección del Papa, incluida la del actual Santo Padre León XIV.
Así, en la Capilla de la que es patrona, María asunta al cielo sigue con atención maternal los acontecimientos más importantes de los discípulos de Cristo y de la Iglesia de Dios en la tierra, para cuidar de los Papas elegidos en el pasado, presente y futuro. Por eso, dando gracias a Dios por el don de María, nuestra Madre, le encomendamos una vez más hoy, en esta Solemnidad de su Asunción al cielo, toda la historia de cada uno de nosotros, la historia de nuestra Iglesia con nuestros Papas, la historia de toda humanidad. María, Madre de nuestro Señor y La que creyó, Reina asunta al cielo y Reina de las misiones, ¡ruega por nosotros! Amén
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