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Historias

Anucniar el Evangelio del perdón / Para un testimonio evangélico del perdón

13 sept, 03:00 a. m.
En el Evangelio, Jesús enseña que el perdón no se mide con números, sino con la misericordia que hemos recibido de Dios. A través de la parábola del siervo sin compasión, Cristo revela que el perdón entre sus discípulos es esencial para la reconciliación, la unidad y el testimonio de su misión.

 

Por P. Anh Nhue

Después de la instrucción sobre la corrección fraterna que escuchamos el domingo pasado, el evangelio de Mateo prosigue con la enseñanza de Jesús sobre el perdón, partiendo de la pregunta del apóstol Pedro sobre «cuántas veces» tendrá que perdonar al hermano que «comete culpas» contra él. El tema para reflexionar ahora está en estrecha conexión con el de la semana pasada, como es sugerido por la semejanza de la frase condicional de Pedro («si mi hermano me ofende»), que retoma efectivamente aquella otra de Jesús al inicio de su discurso precedente («Si tu hermano peca contra ti»). Así, entre los discípulos de Cristo, la corrección fraterna se coloca junto al perdón entre los hermanos, con el acento propio de este último aspecto, como se subraya en la enseñanza de Jesús hoy a través de una declaración y una parábola. Habrá que escrutar debidamente cada palabra de Jesús, para entender su mensaje para nosotros, sus discípulos, en un mundo siempre más marcado por guerras, conflictos y odio.


1. «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». El principio evangélico del perdón “permanente”

La pregunta del apóstol Pedro es en sí misma provocatoria: «¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Esta permite ver que Pedro ha entendido el fundamento de la enseñanza de Jesús sobre la corrección fraterna, que tendrá siempre como objetivo el perdón y la reconciliación entre los hermanos. Por otra parte, esta pregunta expresa también la perplejidad del apóstol sobre cómo regular el caso de la repetición de las culpas recibidas. Ya sabemos que en la tradición judía-rabínica está prevista la recomendación de perdornar a los hermanos hasta tres veces, lo que nos permite entender la “generosidad” de Pedro al aumentar la “tarifa” del perdón hasta siete veces. Además, hay que recordar que el número siete en la Biblia simboliza la completitud y la perfección, porque corresponde a los días de la creación de todas las cosas por parte de Dios. De esta forma, el apóstol Pedro quería preguntar, con una cierta inquietud, si era necesario perdonar casi siempre.

La respuesta de Jesús juega exactamente sobre el valor simbólico del número siete: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir, ¡siempre por diez veces siempre! Es el perdón fraterno constante, permanente, de siempre, que Jesús recomienda a sus discípulos. En otras palabras, todo discípulo está llamado a perdonar siempre a su hermano y la razón de esta generosidad se encuentra en el perdón gracioso de Dios en relación a cada uno de nosotros en la vida, como Jesús ha querido enseñar inmediatamente después en la parábola.

2. Una parábola bella, pero con un pequeño detalle para reflexionar

La parábola que Jesús cuenta como ilustración a la necesidad de perdonar es llamada comúnmente “la parábola del siervo despiadado”. El mensaje del relato emerge bien claro en el contraste entre las relaciones del rey y, sucesivamente, las del siervo en confrontación con la misma súplica conmovente que él hiciera y que después repite su deudor: «Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo». Mientras que el rey «se compadeció […] de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda» de diez mil talentos, el siervo, por su parte, no quiere perdonar a su compañero el débito de cien denarios. El número del débito de los personajes es tan intencionalmente escogido que resalta aún más la diferencia grandísima de la suma que el siervo debía al rey y aquella insignificante que le era debida por su compañero. Así se nota lo absurdo de las acciones del siervo despiadado e ingrato.

A este propósito, si prestamos más atención a un detalle de la parábola, podemos ver un mensaje más profundo en relación al perdón solicitado. Se trata exactamente de la suma de cien denarios que el siervo no quería condonar. Es una suma pequeña con respecto a los diez mil talentos, pero no parace tan pequeña objetivamente, porque corresponde a cien días de trabajo (cerca de un tercio del salario anual). Es significativo que Jesús no ha presentado una cifra más pequeña como, por ejemplo, diez denarios, para enfatizar el contraste. Él se queda en el promedio-típico y pequeño de un salario. Esta suma, sin embargo, podía ser muy grande para el siervo en aquel momento y, en consecuencia, no condonable. Se puede ver aquí una lección sutil que el Señor deja respecto al perdón. A veces en la vida hemos sufrido ofensas que parecían muy grandes. Aún más, algunas “deudas”, que otros tienen en relación a nosotros, parecen muy grandes, tanto que parecen no condonables humanamente hablando. El Señor lo sabe y no lo pone en duda. Lo que Él nos pide es que pensemos en nuestro propio débito, mucho más grande, en relación a nuestro Padre celeste, el cual nos lo ha perdonado. Así tendremos más motivación y fuerza para perdonar generosamente al hermano, así como hemos sido perdonados generosamente por Dios. Al fin de cuentras, se trata de la única invocación de la oración del Padrenuestro, donde la petición a Dios Padre está vinculada con la promesa de nuestro empeño de perdonar a nuestros deudores. En este contexto, donde oramos que venga el Reino en medio a nosotros, nuestro perdón será también un signo concreto de la llegada del Reino. Esta parábola de Jesús sobre la necesidad del perdón, es también una parábola sobre el Reino, como Él lo habría dicho al inicio del relato.

3. «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35). El principio de la unidad en el amor entre los discípulos para la credibilidad de la misión en Cristo

A este punto, será importante retomar el énfasis al final de la meditación del domingo pasado. A la luz de cuanto se ha revelado, comprendemos el significado “misionero” de todo acto de corrección y reconciliación fraterna, basados fundamentalmente en el perdón recíproco entre hermanos. Se trata del estar unidos en el amor para la credibilidad misma de la misión de evangelización/reconciliación de Cristo y de la iglesia-comunidad de sus discípulos-misioneros. Jesús ha insisitido mucho sobre el amor mutuo entre los suyos, definiéndolo como su mandamiento nuevo y enfatizando la importancia que tiene como testimonio de la pertenencia a Él delante de los hombres: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos». Él mismo ha orado por todos los suyos, los del presente y los del futuro, «para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). ¡Que todos nosotros, sus discípulos, tengamos el corazón de Cristo para la unidad en el amor y tengamos siempre en mente este deseo del Maestro en todas nuestras acciones! Esto vale particularmente para nuestra acción de perdonar «de corazón, cada uno al propio hermano», como el Padre celeste nos ha perdonado.

Concluimos por eso, también hoy, con las palabras inspiradas de San Pablo a los Tesalonicenses. Estas son también un deseo del Señor para todos nosotros, su discípulos-misioneros de hoy, también en medio a las varias correcciones necesarias a causa de las debilidades humanas: «que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos a vosotros; y que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos». (1Tes 3,12-13).


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