Antes de convertirse en una de las voces católicas más reconocidas de la historia de Estados Unidos, el arzobispo Fulton J. Sheen fue un niño del centro de Illinois, formado por una familia profundamente religiosa, una activa vida parroquial y la convicción de que sus dones pertenecían a Dios.
Peter John Sheen nació el 8 de mayo de 1895 en El Paso, Illinois. Era el mayor de los cuatro hijos de Newton y Delia Fulton Sheen. Con el tiempo, sería conocido como Fulton, el apellido de soltera de su madre. La familia rezaba el rosario todos los días, y la devoción mariana de su madre dejó en él una huella duradera.
A los ocho años, Fulton comenzó a ayudar en la misa en la Catedral de Santa María de Peoria. Su inteligencia se manifestó desde muy joven, pero su posterior habilidad como orador fue fruto de la disciplina. En el St. Viator College de Bourbonnais, Illinois, practicó oratoria hasta convertirse en un destacado orador y polemista.
En 1917 ingresó en el Seminario de Saint Paul, en Minnesota. Allí comenzó la práctica espiritual que lo acompañaría durante el resto de su vida: una Hora Santa diaria ante el Santísimo Sacramento.
Fue ordenado sacerdote para la Diócesis de Peoria el 20 de septiembre de 1919. Posteriormente, el padre Sheen cursó estudios superiores en The Catholic University of America y en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, donde obtuvo un doctorado en Filosofía y recibió el Premio Cardenal Mercier de Filosofía Internacional.
Después de regresar a Estados Unidos, el padre Sheen pasó varios meses en la parroquia de San Patricio de Peoria. Visitaba a los feligreses, escuchaba confesiones y buscaba a los católicos que se habían alejado de la Iglesia. La misión fue breve, pero reveló algo esencial sobre él: el trabajo intelectual y el ministerio pastoral nunca estarían separados. Su labor académica estaba orientada hacia la fe y su predicación, hacia la conversión.
En 1926, el padre Sheen se incorporó al cuerpo docente de The Catholic University of America. Durante los 23 años siguientes, enseñó, escribió y se convirtió en uno de los profesores más reconocidos de la universidad. Las invitaciones para predicar e impartir conferencias pronto lo llevaron mucho más allá de Washington.
La radio amplió su aula hasta abarcar toda la nación.
En 1930, el padre Sheen comenzó a presentar “The Catholic Hour” en la NBC. Hablaba sobre Dios, la conciencia, el sufrimiento, la vida familiar, la dignidad humana y la responsabilidad moral, en una época en la que los católicos todavía eran vistos con recelo en algunos sectores de la sociedad estadounidense. También lo escuchaban protestantes, judíos y personas sin afiliación religiosa.
Su don no consistía simplemente en hacer sencillas las ideas difíciles. Las comprendía con la suficiente profundidad como para hacerlas accesibles. Se preparaba intensamente, hablaba sin notas y utilizaba el humor para acortar la distancia entre él y su audiencia.
El papa Pío XI le concedió el título de monseñor en 1934. Para entonces, monseñor Sheen ya se había consolidado como una voz católica de alcance nacional.
En 1950, su visión misionera encontró un marco institucional cuando monseñor Sheen fue nombrado director nacional de las Obras Misionales Pontificias en Estados Unidos. La Obra de la Propagación de la Fe ha sido tradicionalmente la más conocida de las cuatro Obras Misionales Pontificias, ya que se ocupa de la colecta del Domingo Mundial de las Misiones. El arzobispo Sheen fue director nacional de todas ellas, excepto de la Obra de la Infancia Misionera. Al año siguiente, fue ordenado obispo auxiliar de Nueva York.
Cuando “Life Is Worth Living” se estrenó en 1952, su formato resultaba sorprendentemente sencillo. El obispo Sheen se colocaba frente a una pizarra, escribía en la parte superior “J.M.J.” —Jesús, María y José— y hablaba directamente a los espectadores sin un guion visible. Sin embargo, sus presentaciones nunca eran improvisadas. Dedicaba muchas horas a preparar cada episodio.
El programa triunfó a pesar de competir con algunos de los artistas más populares de la época. Los espectadores respondían a su ingenio y a su presencia escénica, pero también a la seriedad con la que abordaba sus vidas. Creía que las personas comunes eran capaces de reflexionar profundamente sobre la verdad, la bondad, el sufrimiento y la eternidad.
Para el obispo Sheen, la radio y la televisión no eran plataformas para alcanzar la fama religiosa. Eran territorios de misión.
Durante sus 16 años como director nacional, el obispo Sheen utilizó la predicación, la radio y la televisión, las publicaciones, los viajes y el sacrificio personal para ayudar a los católicos estadounidenses a comprender su responsabilidad hacia la Iglesia universal. Fundó MISSION Magazine, creó el Rosario Misionero Mundial y destinó gran parte de sus propios ingresos a obras caritativas y misioneras.
Este periodo de su vida se aborda con mayor profundidad en el artículo complementario “El director que hizo misionera a América”.
El obispo Sheen también llevó su experiencia misionera al Concilio Vaticano II. Participó en sus cuatro sesiones y formó parte de la comisión responsable de la actividad misionera. Durante los debates que dieron lugar a Ad Gentes, el decreto conciliar sobre la actividad misionera de la Iglesia, insistió en que la Iglesia debía identificarse de manera más visible con los pobres, coordinar la evangelización de forma más eficaz y reconocer que los obispos no solo eran responsables de sus propias diócesis, sino de la salvación del mundo entero.
Sus intervenciones reflejaban la convicción que había guiado toda su vida: la Iglesia nunca podía encerrarse en sí misma, porque su propia naturaleza consistía en llevar a Cristo a todos los pueblos.
En 1966, el papa Pablo VI nombró al obispo Sheen responsable de la Diócesis de Rochester, Nueva York. Su mandato duró menos de tres años e incluyó audaces iniciativas pastorales, una profunda preocupación por los pobres y algunas decisiones desacertadas y dolorosas. Después de que su renuncia fuera aceptada en 1969, recibió el título personal de arzobispo y regresó a la ciudad de Nueva York.
La jubilación no puso fin al apostolado del arzobispo Sheen. Continuó predicando, escribiendo y dirigiéndose a públicos de distintas confesiones religiosas. Convirtió el segundo dormitorio de su apartamento en una capilla y permaneció fiel a la Hora Santa diaria que había comenzado durante sus años en el seminario.
En octubre de 1979, pocas semanas antes de su muerte, el papa Juan Pablo II abrazó al arzobispo Sheen en la Catedral de San Patricio y elogió sus largos años de servicio a Cristo y a la Iglesia.
El arzobispo Sheen murió el 9 de diciembre de 1979 en la capilla de su apartamento, cerca del Santísimo Sacramento.
Fue un final apropiado para una vida cuyos logros visibles obtenían su fuerza de una disciplina oculta de oración. El sacerdote conocido por millones de personas pasó sus últimos momentos de la misma manera en que había pasado una hora de casi todos los días durante más de seis décadas: ante Cristo en la Eucaristía.
El beato Fulton Sheen fue académico, autor, predicador y pionero de la comunicación católica. Sin embargo, la unidad más profunda de su vida no procedía de los medios que dominó ni de las audiencias que atrajo.
Procedía de su sacerdocio.
No se limitó a hablarle a Estados Unidos. Ayudó a Estados Unidos a escuchar a Cristo y a mirar más allá de sí mismo.
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