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Historias

Las raíces bíblicas de la Jornada Mundial de las Misiones

21 sept, 03:00 a. m.
Este año celebramos por centésima vez el Domingo Mundial de las Misiones, pero sus raíces se remontan a los primeros días de la Iglesia. Desde las colectas de San Pablo para la Iglesia de Jerusalén hasta la solidaridad misionera de hoy, la Escritura muestra una Iglesia unida en la oración, la generosidad y la misión.

 

Por Michael Mitchell, director de la Jornada Mundial de las Misiones de TPMS-USA

Muchos católicos consideran que la Jornada Mundial de las Misiones es una iniciativa moderna de la Iglesia. En cierto sentido, es verdad: este 18 de octubre la celebraremos por centésima vez. Pero, en realidad, ¡esta jornada católica de oración y sacrificio por las misiones de todo el mundo tiene profundas raíces bíblicas!

El Nuevo Testamento nos muestra que, lejos de ser una invención moderna, la práctica de sostener a comunidades cristianas lejanas, en lugares donde la Iglesia apenas está comenzando o atraviesa dificultades por la pobreza o la persecución, se remonta a la época apostólica.

La Iglesia primitiva tenía un fuerte celo y dinamismo misioneros. La Iglesia era joven y todos participaban tanto en la difusión del don de la fe como en el cuidado de sus nuevos hermanos y hermanas espirituales. Los Hechos de los Apóstoles y las cartas del Nuevo Testamento nos muestran una Iglesia llena de discípulos misioneros que eran enviados y regresaban de sus misiones. Vemos cómo se preparaban las misiones, se trazaban planes, se organizaban y enviaban colectas, se designaban misioneros y se elevaban oraciones a Dios por el éxito de la misión.

Aunque todavía eran pocos, aquellos primeros cristianos se sentían impulsados por la dimensión universal de la Iglesia y por la misión que Cristo les había confiado. Sus corazones latían al unísono. Eran «Uno en Cristo, unidos en la misión», precisamente el lema elegido por el Papa León XIV para la Jornada Mundial de las Misiones de este año.

Mucho antes de que los católicos depositaran sobres en la colecta de la Jornada Mundial de las Misiones, hicieran una donación en línea o utilizaran un código QR, san Pablo ya organizaba su propia campaña misionera de recaudación de fondos. Se trataba de un esfuerzo coordinado para reunir recursos destinados a ayudar a la Iglesia de Jerusalén.

La Iglesia de Jerusalén ocupaba, evidentemente, un lugar especial como Iglesia madre de los cristianos, pero también atravesaba dificultades económicas y sufría persecución. San Pablo asumió la tarea de organizar, de manera deliberada y organizada, una colecta entre las iglesias de los gentiles que él había contribuido a fundar, para que pudieran ayudar a sus hermanos y hermanas necesitados. Pablo pedía a las Iglesias más jóvenes que ayudaran a su «Iglesia madre» en Jerusalén. De manera semejante, hoy continúa esta forma de solidaridad: no solo las Iglesias que cuentan con recursos materiales contribuyen al sostenimiento de otras Iglesias del mundo afectadas por la pobreza económica, sino que muchas Iglesias de territorios de misión están comenzando a enviar ellas mismas misioneros por todo el mundo, recordándonos que el Evangelio siempre se recibe para, a su vez, compartirlo.

En su Primera Carta a los Corintios, san Pablo indica a los fieles que, el primer día de la semana, reserven y ahorren lo que puedan para la colecta destinada a los santos de Jerusalén (1 Co 16,1-4). En su Segunda Carta a los Corintios, profundiza en el significado espiritual de este gesto, destacando la generosidad gozosa, la unidad y el amor fraterno (caps. 8-9). Y a los Romanos les explica que esta colecta no es simplemente un acto de caridad, sino también una especie de deuda de gratitud espiritual: quienes han recibido los bienes espirituales del Evangelio comparten, a su vez, voluntariamente sus bienes materiales (Rm 15,25-27).

De estos pasajes surge una visión de la Iglesia como un solo cuerpo. Las comunidades cristianas, aunque distantes y dispersas, estaban unidas en una única misión: anunciar el Evangelio a todas las naciones y ayudarse mutuamente a vivir en el amor, tal como Cristo había mandado. Las cartas de san Pablo nos muestran que los primeros cristianos deseaban vivamente sostener la obra de evangelización y acompañar el crecimiento de sus hermanos y hermanas en la fe. Recibían y compartían con entusiasmo noticias sobre lo que sucedía en las iglesias nacientes y se ayudaban mutuamente según sus posibilidades y necesidades.

La Jornada Mundial de las Misiones se inscribe plenamente en esta tradición bíblica. Celebrada cada año el penúltimo domingo de octubre, invita a los católicos de todo el mundo a participar en la vocación misionera de la Iglesia ofreciendo oraciones, sacrificios y apoyo económico a los territorios de misión donde el Evangelio se anuncia por primera vez o donde la Iglesia todavía es joven y dispone de pocos recursos.

Por tanto, la Jornada Mundial de las Misiones no es principalmente un día para pedir oraciones y apoyo económico. Es una invitación a participar de manera concreta en la misión de la Iglesia. Aunque no todos están llamados a viajar a tierras lejanas, todos están llamados a sostener la misión evangelizadora. Por medio de la oración, el sacrificio y la ayuda económica, los fieles se convierten en colaboradores en la difusión del Evangelio y en la edificación de la Iglesia.

Arraigada en la Sagrada Escritura y sostenida por la Tradición, esta celebración anual continúa la obra iniciada por san Pablo y los apóstoles. Es una invitación a que cada uno de nosotros ocupe su lugar indispensable en la gran misión de la Iglesia, con la confianza de que, mediante nuestro esfuerzo conjunto, llegará a cumplirse el mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a todos los pueblos y a cada persona.

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