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Historias

Testigo de un siglo misionero: conversación con monseñor Hilary Franco

23 sept, 03:00 a. m.
Mons. Hilary Franco recuerda sus años junto al arzobispo Fulton J. Sheen, sus viajes misioneros, su vida de oración y su visión de una Iglesia verdaderamente universal.

Monseñor Hilary Franco ha vivido muy cerca de la historia sin mostrar nunca interés por ocupar un lugar destacado en ella.

Cuando era un joven sacerdote, pasó ocho años al lado del arzobispo Fulton J. Sheen, desempeñándose como su secretario personal mientras el arzobispo dirigía las Obras Misionales Pontificias en Estados Unidos. Viajó con él a territorios de misión, vivió en su residencia y fue testigo de la disciplina oculta que sostenía su brillantez pública: el estudio, la Hora Santa diaria, la preocupación por los misioneros y la paciencia que mostraba con los desconocidos que lo detenían por las calles de Nueva York.

Posteriormente, monseñor Franco ingresó en el servicio diplomático de la Santa Sede y llegó a asesorar a cuatro papas. Según cualquier criterio habitual, una vida como la suya lo convertiría en protagonista por derecho propio. Sin embargo, su vocación ha consistido principalmente en servir junto a hombres de gran relevancia: ayudándolos, aconsejándolos y conservando recuerdos que, de otro modo, podrían haberse perdido.

Considerado el último miembro superviviente de la residencia del arzobispo Sheen y autor de Bishop Fulton J. Sheen: Mentor and Friend, monseñor Franco conversó con MISSION Magazine sobre el obispo misionero a quien conoció tan íntimamente y sobre la visión de la Iglesia universal que marcó la vida de ambos.

MISSION: Usted viajó extensamente con el arzobispo Sheen a territorios de misión de todo el mundo. ¿Qué fue lo que más le impresionó de la manera en que abordaba esas visitas? ¿Era principalmente un predicador, un recaudador de fondos o percibió algo diferente en su forma de encontrarse con los misioneros y los fieles locales?

Monseñor Franco: Cada vez que visitábamos un país de misión, el objetivo del arzobispo Sheen era encontrarse con los misioneros y apoyarlos, llevarles su ayuda —también económica— y, sobre todo, encontrarse con la población local, tenderles la mano y abrazarlos, incluso cuando visitábamos leproserías. Desde luego, no iba a recaudar fondos; todo lo contrario. Quería transmitirles un mensaje de esperanza, especialmente en situaciones desesperadas, y fuimos testigos de muchísimas de ellas.

Viajar a estos países no era una tarea sencilla. Había muy pocas instalaciones y recorrer miles de kilómetros no resultaba cómodo. Sin embargo, sentía que debía hacerlo porque, como solía decir: “Caritas Christi urget nos”; el amor de Cristo nos apremia (2 Co 5,14). Verdaderamente sentía esa misma urgencia que había experimentado san Pablo.

MISSION: El arzobispo Sheen recordaba con frecuencia a los católicos estadounidenses que las misiones no eran únicamente lugares que necesitaban caridad, sino lugares donde la Iglesia crecía y enseñaba a la Iglesia universal. ¿Vio alguna vez que su comprensión de las misiones fuera cuestionada o profundizada por algo que presenció durante esos viajes?

Monseñor Franco: El arzobispo Sheen siempre insistía, tanto en su predicación como en sus viajes por nuestro país, en que todos somos Iglesia, en cada rincón del mundo, y en que siempre estamos unidos a todos los fieles, dondequiera que se encuentren. Pedía constantemente a los católicos estadounidenses que compartieran todo lo que habían recibido por la gracia de Dios con quienes eran menos afortunados, especialmente en los países de misión. Utilizaba el Rosario Misionero, con sus diferentes colores para los cinco continentes, para inculcar este concepto en la mente de los fieles estadounidenses.

Según él, el concepto de ecclesia debía transmitir a los fieles la idea de que, dondequiera que un miembro de la Iglesia se encontrara necesitado, debía recibir la ayuda de los demás miembros de la Iglesia que vivían en mejores condiciones en otras partes del mundo.

Si realmente se desea comprender el significado de “misión” tal como lo entendía el arzobispo Sheen, bastaría con leer su intervención ante los Padres del Concilio Vaticano II sobre “la Iglesia de los pobres”, pronunciada en el otoño de 1964. Explicó a los Padres conciliares que era fundamental que la Iglesia abrazara la pobreza y volviera a centrar su atención en las misiones mundiales.

«En lugar de la pregunta teológica “¿Qué son las misiones?”, sugeriría que nos planteáramos la pregunta práctica “¿Dónde están las misiones?”».

MISSION: Años después, como diplomático del Vaticano, regresó a algunos de los países que había visitado por primera vez junto al arzobispo Sheen. ¿Hubo lugares en los que pudo contemplar realmente los frutos de la labor misionera de la Iglesia: nuevas diócesis, escuelas, hospitales, seminarios o comunidades locales dinámicas? ¿Cómo reforzaron esas experiencias aquello que el arzobispo Sheen decía a los católicos estadounidenses sobre el apoyo a las misiones?

Monseñor Franco: Fue una gran experiencia para mí regresar, mucho más adelante en mi vida —yo era bastante joven cuando viví con él—, a esos mismos países y comprobar cómo la semilla sembrada por el arzobispo Sheen había crecido realmente, como el grano de mostaza. Sí: orfanatos, centros sanitarios y lugares donde se acogía y cuidaba a niños que no tenían madre.

Por cierto, el arzobispo Sheen había ayudado a santa Teresa de Calcuta en sus numerosas actividades. Cuando se encontraba en Nueva York, ella visitaba nuestra oficina de la Quinta Avenida y rezaba con nosotros el Rosario Misionero, tal como hacíamos todos los días a las tres de la tarde con el personal de la oficina.

MISSION: Durante los años en que el arzobispo Sheen dirigió la Obra de la Propagación de la Fe, MISSION Magazine llegó a cientos de miles de lectores y la oficina recibió miles de cartas cada semana. ¿Por qué cree que consiguió inspirar a los católicos comunes para que se sintieran personalmente unidos a personas a quienes nunca conocerían en los territorios de misión?

Monseñor Franco: MISSION Magazine era una labor muy importante de nuestra oficina. Curiosamente, hace muy poco estuve revisando algunos de mis antiguos diarios y leí que, los días 29 y 30 de diciembre de 1965, mantuvimos largas reuniones en la oficina para preparar las ideas del nuevo año para MISSION Magazine. También formé parte del consejo de otra publicación importante que teníamos en aquel momento, llamada WORLDMISSION.

Fue precisamente a través de MISSION Magazine —que se podía llevar fácilmente a cualquier lugar— como inspiramos a los lectores para que ayudaran a los territorios de misión, compartiendo con ellos las numerosas actividades de nuestra oficina. En ocasiones utilizábamos las ilustraciones artísticas de los hermanos Hildebrandt, que entonces eran dos grandes ilustradores de veintitantos años y que posteriormente se hicieron famosos por sus trabajos en producciones como “The Lord of the Rings” y “Star Wars”.

MISSION: Si el arzobispo Sheen pudiera dirigirse hoy a los lectores de MISSION Magazine, en un momento en que la Iglesia tiene un papa nacido en Estados Unidos que pasó la mayor parte de su sacerdocio como misionero, ¿qué cree que querría que los católicos comprendieran sobre su responsabilidad hacia la misión de la Iglesia?

Monseñor Franco: Creo sinceramente que el arzobispo Sheen fue un profeta, tanto por lo que recuerdo personalmente como por lo que puedo comprobar en sus cartas manuscritas. Considero que los conceptos, las ideas y los recursos utilizados en MISSION Magazine durante su época deberían redescubrirse y emplearse hoy para el presente y el futuro. Aquellas ideas y aquellos ideales eran valiosos y transmitían un carácter universal que los lectores apreciaban profundamente.

Naturalmente, podemos confiar en que la Iglesia cuenta ahora con un pastor universal que ha sido misionero —aunque Perú forme parte de América Latina— y que conoce las necesidades de la Iglesia en su conjunto. Su espíritu misionero me impresionó profundamente durante las ocasiones en las que estuve con él, especialmente durante una audiencia privada que me concedió el año pasado. Aun así, creo que deberíamos volver a examinar la MISSION de la época del arzobispo Sheen, para poder extraer hoy nuevas ideas de aquella publicación.

MISSION: Las personas suelen recordar al arzobispo Sheen como un comunicador brillante en televisión. Usted lo conoció detrás de las cámaras. ¿Hubo algún momento en las misiones —una conversación con un misionero, una familia o un niño— que permaneciera con él mucho después de que se apagaran las cámaras y que revelara aquello que conmovía verdaderamente su corazón?

Monseñor Franco: Debo recurrir nuevamente a mis diarios de aquella época, pues he sido muy constante al escribirlos. No se imaginan cuántas veces, al menos dos o tres por semana, venían misioneros a visitarnos y normalmente se quedaban a almorzar o cenar con nosotros en la residencia. Frederick, un luterano noruego, era nuestro cocinero. Había dejado de trabajar para Billy Rose, el gran empresario de Broadway, para ponerse al servicio del arzobispo Sheen. Durante las comidas, hablábamos sobre los problemas de los lugares de misión de los que procedían y, en ocasiones, los invitábamos a acompañarnos al estudio de televisión donde se grababa su programa.

Durante nuestro primer encuentro, el 19 de agosto de 1959 —que debía durar 15 minutos y terminó prolongándose durante 43—, le pregunté al arzobispo Sheen: “Excelencia, ¿cuál es el secreto de su brillante éxito en televisión?”. Me respondió: “Soy brillante porque no soy brillante. La gente piensa que soy brillante, pero esto no se debe a un don natural, sino a que he estudiado toda mi vida y continúo haciéndolo diariamente. Después de presentar ante el Señor, en el Santísimo Sacramento, aquello que tengo en mente” —es decir, durante su Hora Santa diaria—, “analizo los problemas actuales e intento ofrecer una solución a mi audiencia”.

La gente lo detenía constantemente y él era muy humilde. Los escuchaba y los bendecía. Le pedían un autógrafo o una fotografía —yo siempre terminaba tomando la foto— y él accedía con humildad. Caminábamos desde nuestra residencia en el número 109 de East 38th Street hasta la oficina de la Quinta Avenida, un trayecto que debería haber durado unos 10 minutos. Con el arzobispo Sheen nunca duraba tan poco. Se detenía pacientemente para conversar con personas de toda condición.

Podría seguir contando historias sin parar. Hace algunos años publiqué un libro sobre él, Bishop Fulton J. Sheen: Mentor and Friend. Sin embargo, ni siquiera allí creo haber logrado reflejar lo que conservo en mi memoria y, especialmente, en mi corazón sobre este hombre verdaderamente santo, con quien tuve el privilegio de vivir y trabajar durante años gracias al plan providencial de Dios.

Haz clic AQUÍ para leer la edición completa de MISSION Magazine en la que apareció este artículo.

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